sábado, 25 de septiembre de 2021

Antonio Ramón, el primer vengador.

 

Antonio Ramón, el primer vengador.

 

En 1907, una tarde del 21 de diciembre de 1907, el general Roberto Silva Renard, había consumado una de las peores masacres que los chilenos tengan memoria. Entre 2200 a 3600 personas, fueron asesinadas por el Ejército mientras alojaban en la Escuela Santa María de la ciudad de Iquique, en el contexto de una huelga general en contra de las duras condiciones laborales que les imponían los dueños de las salitreras.

Cabe señalar, que como contexto, a los obreros de las salitreras, los dueños, chilenos e ingleses principalmente, les pagaban con fichas, las cuales solo podían gastar en las pulperías que, esos mismos dueños, eran propietarios. En otras palabras, los dueños de cada salitrera eran dueños de una pulpería, y los obreros eran obligados a gastar su salario en dicha pulpería. Se evitaba el pago en circulante, y con ello, técnicamente se esclavizaba a los obreros ya que no podían gastar sus fichas en ninguna otra parte.

 

Huelgas en las salitreras.

Los obreros del salitre, armados con el hambre y las ganas de dar un mejor bienestar a sus familias, hicieron un petitorio que planteaba ideas absolutamente revolucionarias para su época: Que fueran tratados como seres humanos. Las peticiones de los huelguistas eran las siguientes:

- Aceptar que mientras se supriman las fichas y se emita dinero sencillo cada Oficina representada y suscrita por su Gerente respectivo reciba las de otra Oficina y de ella misma a la par, pagando una multa de $ 50.000, siempre que se niegue a recibir las fichas a la par.


- Pago de los jornales a razón de un cambio fijo de 18 peniques. Libertad de comercio en la Oficina en forma amplia y absoluta.


- Cierre general con reja de fierro de todos los cachuchos y chulladores de las Oficinas Salitreras, so pena de pagar de 5 a 10.000 pesos de indemnización a cada obrero que se malogre a consecuencia de no haberse cumplido esta obligación.


- En cada oficina habrá una balanza y una vara al lado afuera de la pulpería y tienda para confrontar pesos y medidas.


- Conceder local gratuito para fundar escuelas nocturnas para obreros, siempre que algunos de ellos lo pidan con tal objeto.


- Que el Administrador no pueda hacer arrojar a la rampla el caliche decomisado y aprovecharlo después en los cachuchos.


- Que el Administrador ni ningún empleado de la Oficina pueda despedir a los obreros que han tomado parte en el presente movimiento, ni a los jefes, sin un desahucio de 2 a 3 meses, o una indemnización en cambio de 300 a 500 pesos.


- Que en el futuro sea obligatorio para obreros y patrones un desahucio de 15 días cuando se ponga término al contrato.


Este acuerdo una vez aceptado se reducirá a escritura pública y será firmado por los patrones y por los representantes que designen los obreros.

 

A las 15:30 de esa tarde, Silva Renard, como si fuese el villano Red Skull, ordenó abrir fuego, con ametralladoras gattling, las más modernas de la época, masacrando las vidas de los obreros que solo querían dignidad.

 

Roberto Silva Renard, el villano de nuestra historia.

El prontuario de Silva Renard es amplio. Fue parte del bando congresista en la Guerra Civil de 1891, fue fiscal de ejército en la masacre de Valparaíso de 1903, en donde concluyó que los militares fueron las víctimas dando muerte a 50 huelguistas y dejando a 200 heridos. En 1904 dirigió una matanza en una oficina salitrera en el norte, asesinando a 13 obreros y dejando a 32 heridos. Y en 1905, en Santiago, en el “mitín de la carne”, dio muerte entre 200 a 250 personas y dejó heridas a otras 500. Si el Estado necesitaba matar a alguien, Silva Renard era el hombre.

 

Lo que no sabía Silva Renard que merece estar en nuestra Historia Nacional de la Infamia, es que dentro de los obreros de Iquique, se encontraba Manuel Vaca, quien hacía muy poco tiempo atrás, conoció a su hermano Antonio Ramón. Ambos, emigraron de España a América buscando mejorar sus condiciones miserables de vida.

 

Vaca y Ramón se conocieron de adultos en Marruecos, ambos hijos del mismo padre, y de una sociedad patriarcal que obligaba a abandonar a los bastardos, se hicieron inseparables, viajando juntos a América. Primero Buenos Aires, y luego Vaca se desplaza al norte de Chile por las noticias de prosperidad en las salitreras.

 

Antonio Ramón se extrañó de no recibir más correspondencia de su hermano. Y decidió viajar a Iquique a saber que había sido de aquel cuya infancia le había sido arrebatada, para darse cuenta, que también le había sido arrebatada su vida.

 

En 1914, Antonio Ramón tomó su daga, y con una determinación más propia del Capitán América, dio caza al general Silva Renard en lo que hoy es Viel con Rondizzoni, al sur de la comuna de Santiago. Ese mismo hombre que siete años antes, le había robado la vida del hermano que el destino le regaló. Le dio múltiples puñaladas, incontables, todas por la espalda; a un asesino como Silva Renard no se le mata de frente. Silva Renard gritó desesperado por su vida, la que se le escapaba por decenas de orificios que el puñal de Ramón había abierto en su espalda. Sus esfínteres cedieron, el miedo se derramó en sus pantalones junto con el contenido de sus intestinos, la muerte de Renard, esa que impunemente él mismo había repartido a diestra y siniestra a obreros que solo querían vivir mejor, lo miraba de frente. Pero la hierba mala nunca muere, y Silva Renard no fue la excepción.

 

Antonio Ramón, el jovencito de la película.

Antonio Ramón fue apresado. Una vez que los subalternos de Silva Renard lo detuvieron, tal como los secuaces de un villano de poca monta de algún comic, lo hirieron desarmado. Le abrieron la cabeza a sablazos. Lo condujeron a la penitenciaría, y en 1920, falleció bajo extrañas circunstancias nunca aclaradas.

 

Silva Renard falleció también en 1920, se retiró del ejército debido a las secuelas que las heridas que le propinó Ramón le provocaron. Sufrió un infierno en vida, ya que nunca se recuperó del ataque de Ramón, lo que hace más poética su venganza. Ver a aquel hombre que mató a su hermano, revolcarse en un charco de mierda y sangre, es a lo que aspira todo familiar de las personas que han sido asesinadas por las FFA y de orden en actos de represión a lo largo de nuestra historia.

 

Diversos homenajes populares a la figura de Antonio Ramón.

Todos somos Ramón. O todos debemos serlo. Es la única vez en nuestra historia, que el pueblo intenta vengarse de las masacres y matanzas que la élite ordenó, para proteger sus intereses, en nuestra contra. Es la única vez que un militar fue ajusticiado por el pueblo. Es la única vez que un crimen de estado no quedó en la más absoluta impunidad.

 

Es la única vez que el pueblo miró al Estado a la cara, y le dijo: “al pueblo no se le mata”.

 

Memorial a Antonio Ramón en Viel con Rondizzoni.

 


Por Ricardo Meza Ibacache.

Profesor de Historia y Geografía en Enseñanza Media.

Licenciado en Educación.

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