El facho pobre
Advertencia: El
contenido de esta entrada será altamente impopular, sobre todo en la efervescencia
de un triunfo electoral aplastante como el de Gabriel Boric ante José Antonio
Kast.
Hace
años atrás, yo tenía un pequeño emprendimiento de cosmética artesanal, y vendía
una serie de productos cosméticos de elaboración artesanal, muy en boga con los
conceptos posmodernos de economía circular, y comercio a precio justo. Mi
público objetivo eran aquellas mujeres profesionales, y por ello de clase
media, que superaban los 35 años y que tenían una inclinación progresista y
preocupación por causas medioambientales. Por lo general sin hijos, con
mascotas y/o divorciadas. Muy ambiente Plaza Ñuñoa o Barrio Lastarria. Cabe
señalar que mi campo geográfico de acción eran Santiago, Providencia, La Reina,
y Ñuñoa.
Pero
parte importante de mis clientas, fueron mujeres dueñas de casa, con maridos
abogados, médicos o ingenieros, sobre 3 hijos, que vivían en La Reina, en las
zonas acomodadas de Macul, Peñalolén o La Florida, que tenían nana que les
ayudaba con la crianza, y que no ejercían actividades productivas. Y ellas
manifestaban cierta tendencia política más conservadora. Al igual que las
clientas descritas en el párrafo anterior, gente de clase media gracias a su
vínculo matrimonial, pero con claros indicios de provenir de sectores populares
en origen.
En
una ocasión, con motivo de una celebración en la Municipalidad de La Cisterna,
unos conocidos me invitaron a participar en una feria. Así que organicé uno de
mis stand en ese lugar. En uno de los días que duró el evento, fui a supervisar
stock, cuadrar ventas, realizar arqueo, verificar los depósitos a mi cuenta con
la información de ventas, realizar el pago a la vendedora, etc. Y me encontré
con un candidato a diputado, que en ese tiempo ostentaba el cargo de
vicepresidente de la UDI, muy simpático y agradable. Vio mis productos, y se
fijó particularmente en uno de ellos, el aceite de (semilla de) cannabis. Y
comenzó un diálogo que trataré de reproducir lo más fielmente que recuerdo:
- Candidato: ¿Cuál es tu opinión sobre la legalización de la marihuana?
- Ricardo: Opino que debiera legalizarse. La demanda de
las drogas es inelástica, por lo que la legalización le daría un fuerte golpe
al narcotráfico.
- Candidato: Opino igual. Y de hecho allá arriba la
marihuana no es tema, pero acá abajo, en las poblaciones si importa. Ahora que
ando de campaña, no le puedo decir a una señora que vamos a legalizar la droga,
porque ella quiere que su vecino que vende droga se vaya del barrio.
- Ricardo: Entiendo, hay una instrumentalización política
del tema.
Luego
ese candidato no resultó electo. Lamentable, se veía un buen sujeto.
El
candidato en cuestión dejó muy en claro que, en los sectores más altos de las
cúpulas políticas de la derecha, parece haber cierto entendimiento y
coincidencia respecto a los diagnósticos que el mundo de la izquierda ha
generado con respecto al tema de la legalización de la marihuana, pero
evidenció que están en contra, porque es la forma que tienen de convencer
votantes de las clases populares. El discurso caballito de batalla del
narcotráfico y la delincuencia es uno de los ejes políticos que más réditos
otorga a la derecha en sectores ajenos al neoliberalismo que proponen como
proyecto político.
En
cambio, desde la izquierda, y antes de la campaña de segunda vuelta que eligió
a Gabriel Boric como presidente de la República para el próximo cuatrienio, se miraba
con desdén a esa clase media aspiracional y arribista que vota por la derecha
por entenderse como de una clase económica superior a la que realmente pertenece,
o a esas personas de clase popular que votan por la derecha porque apelan al
clivaje de la seguridad.
De
forma peyorativa, la izquierda les ha dado el mote de “fachos pobres”, pero la
izquierda no hizo nunca el esfuerzo por entender ese voto disruptivo, al que
consideran propio, pero que les resulta absolutamente lejano.
El
lenguaje de la izquierda de la actualidad se ha anclado en las necesidades
postmateriales, en los ejes de las identidades (de género, pueblos originarios,
feminismo) y en el cuidado medioambiental, y es un lenguaje petulante y
academicista, propio de la clase media con educación universitaria que se jacta
de ser el pueblo, pero se ha aburguesado lo suficiente como para que el pueblo
los encuentre diferentes. En la población El Castillo de La Pintana, es más
apremiante sobrevivir a las balas locas de los narcos que leer a Judith Butler;
o en Purranque, el discurso animalista choca con las necesidades económicas de
los campesinos que viven y gustan del rodeo, que es toda una industria cultural
en sí misma. Ahí la izquierda denosta lo que es incapaz de entender.
La
derecha, en esta batalla cultural, ha sido mucho más hábil. Les han dicho
exactamente lo que la clase media aspiracional y el pueblo llano desean
escuchar: “vamos a sacar al narcotraficante y al lanza de su barrio”. Es un
mensaje simple, directo y efectista. Todos sabemos que, a pesar de las promesas
de la derecha, el narcotraficante y el lanza siguen y seguirán en el barrio,
porque la derecha no tiene ningún interés en terminar con el único problema que
les permite entrar en las intenciones de voto de las clases populares.
¿Y
que diablos es un facho pobre?
El
término es tautológico e incorrecto. Cuando las formas fascistas surgen en
Italia y Alemania, son movimientos de la clase media y obrera que temen por su
seguridad económica y social. Son los obreros, y no la clase alta, la que ve en
la inmigración una amenaza a sus fuentes de trabajo. Es la clase media la que
ve en el inmigrante una amenaza a su seguridad ya que lo configura como un
delincuente potencial. En ese contexto surge el fascismo. El fascista será
siempre, una persona de extracción popular o de clase media. La clase alta, en
cambio, se beneficia del migrante ya que le permite abaratar costos de
producción. Si la clase alta, expresada en la derecha, se vuelve xenófoba, se
trata solo de una instrumentalización política que le asegure votos en las
clases media y baja, de la misma forma que lo hace el tema del narcotráfico y
la delincuencia.
Por
lo tanto, el facho, es pobre siempre. Incluso los términos “fascista” y “pobre”
pueden tener cierta correspondencia, por lo que usar el “facho pobre” es
redundante.
Las identidades.
La
gran bandera de lucha de la izquierda del día de hoy se reduce en los derechos
de las identidades, ya sean estas sexuales, indígenas o feministas. incluimos a
ambientalistas y animalistas en este mismo saco. Y está bien porque esos grupos
representan soluciones a problemáticas acuciantes, urgentes y necesarias, pero
que la clase media y el pueblo llano no siente como propias.
Por
ejemplo, si el verdulero pretende que su negocio sobreviva en este contexto de
crisis económica, ¿le interesa a él que le hablen de las teorías queer o las
ideas de Simone de Beauvoir? La verdad, es que lo más probable que ni siquiera
sepa que existen, pero si necesita el apoyo del gobierno para que su mipyme no
muera. El animalista, dirá que el rodeo es un hobby de latifundistas, pero el
campesino también disfruta del rodeo, son sus tradiciones ¿acaso esa identidad
no merece ser respetada y protegida?
La
izquierda debe salir de la burbuja de la superioridad moral e intelectual con
las que juzga lo que desconoce. Si hay un germen proto fascista en el pueblo
llano y en la clase media, es por el abandono de la izquierda a las necesidades
de esos mundos. La izquierda le ofrece intelectuales al pueblo llano y a la
clase media, pero ambas, prefieren comer y cambiar el auto, sin que nadie se
los robe.
Thomas
Piketty resume lo anterior en “Clase e ideología”, teorizando que el voto de la
izquierda se volvió un voto de élites intelectuales en contraposición al voto
de la derecha, ya que se trata de la élite de los negocios (si, plantea la
existencia de múltiples élites). De esta forma, según lo explica Piketty, la
izquierda ha cambiado su discurso abandonando a su electorado tradicional, la
clase obrera, buscando el voto de los egresados de las universidades, los
profesionales jóvenes, que por sus condiciones normales de vida más acomodada,
tienen resuelto algunos problemas materiales, y la izquierda habría abrazado
las necesidades postmateriales, como el cambio climático o las identidades,
para asegurar ese voto de las élites intelectuales. El problema es que, en el
proceso, abandonó a la clase obrera ya que la izquierda dejó de lado el gran
tema de la redistribución del ingreso, y las demandas de seguridad y trabajo,
que son los temas que importan a los grupos populares. Todo esto fue
aprovechado por el populismo de derecha y de ultraderecha, representados en la
alta votación que obtuvieron Franco Parisi y José Antonio Kast,
respectivamente.
El
desafío de la izquierda, para que el gobierno de Boric sea exitoso y el
resultado de la Convención Constituyente sea adecuado, es volver a hablar al
pueblo llano y a la clase media, sin perder el apoyo de los grupos de élite
intelectual progresista que ahora siente como propios.
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